Editorial
Esperando el momento de comenzar a nacer estuvieron en mí durante más de cincuenta años. Sus recuerdos estuvieron latiendo en mi memoria, donde se habían ido acomodando con los años, suavemente, sin estridencias. Y fui entrelazando con ellos los míos propios, recorriendo sin darme cuenta los mismos caminos que ellos, imaginando previamente en los mapas de ruta cada uno de esos lugares para verificar más tarde su existencia.

Así crucé el puente de madera del Río Villegas en enero de 1971, camino a El Bolsón, y desde la caja de un camión tuve la percepción de que en mi memoria ya estaba contenido ese paisaje que ellos habían alterado con su sola presencia diecisiete años atrás, cuando el “cata” Guzmán había ido acomodando su colectivo a las subidas en escalera del Cañadón de La Mosca.

Desde entonces fui contemplando, poco a poco, kilómetro a kilómetro, año a año,  los mismos paisajes que el elenco del Teatro Escuela Fray Mocho  desanduvo  durante los 14.000 Km de su Gira Nacional de De Estudio y Divulgación Teatral en 1954, (disconformes igual, recorrieron otros 60.000 km más a lo largo de los años siguientes).

Vengo de recorrer y estoy recorriendo una vez más esas memorias, la mía y la de ellos, las nuestras, para enhebrar con sus hilos un nuevo poema, el poema sobre una gesta que fue un sueño concretado. Un coro, una sinfonía, una gran ópera moderna y americana.  Ya lo veremos.

La Pasión de Fray Mocho.

Lluvia de miel sobre panes de campo en las cocinas populares de los pequeños pueblos. La cola de un cometa elevándose desde la tierra hacia el celeste. Y en el cometa un elenco. Y en él una fábrica de sueños que emergía armando constelaciones para atentas miradas abiertas a miles de estrellas en la noche, pero nunca sobre la tierra, junto a los paredones de los grandes  almacenes ferroviarios.

Canciones como fuentes de aguas coloridas entre los árboles de un bosque de cristales y lanzas de sal. Fuentes de piedra en el mar. Olas de arena y  sobre ellas espumas de semillas, y en playas de mármoles blancos sus rompientes dejaban sogas de palabras trenzadas. Baúles con  herramientas para labrar el alma y tientos de cuero para amarrar las memorias de la tierra.  

Ese cometa pasó dejando en su andar una estela sobre los caminos y los clubes sencillos y los teatros humildes. Pasó dejando clavados en las puertas de las casas sus tañidos de campana y untado en las locomotoras  el sudor  de  sus esforzadas frentes. Pasó y en las memorias fue dejando una incisión, una señal indolora y luminosa, una esquirla buena de su paso.

Y en la palma de cada mano un deseo, unas ganas secretas e imborrables de encontrar un camino para comenzar a dejar en él una señal, un rastro, lluvias de miel sobre panes de campo en las cocinas populares de los pequeños pueblos.

    Marcos Britos "un hijo de los mochos" - http://marcosbritos.blogdrive.com/